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LYDIETTE CARRIÓN NOS HABLA SOBRE SU LIBRO FEMINICIDIO MÍTICO:
Publica su libro Feminicidio mítico. Del crimen al producto cultural: imágenes, narrativas, moda y consumo de la violencia
Ciudad de Nueva York, 13 de marzo de 2026.— La suave voz de la periodista mexicana Lydiette Carrión se escucha entre el ensordecedor barullo de motores y sirenas de las calles de Nueva York, ciudad donde se encuentra de visita brevemente para participar en la septuagésima asamblea anual de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer de la ONU, el principal órgano internacional intergubernamental dedicado a fomentar la igualdad de género, los derechos y el poder para la mujer. Entre sus sesiones de trabajo, trasladándose apresuradamente de un lugar a otro, la ganadora del Premio Gabriel García Márquez (2019) por el proyecto colectivo Mujeres en la vitrina concede esta entrevista para YO SÍ TE LEO sobre su nuevo libro, Feminicidio mítico. Del crimen al producto cultural: imágenes, narrativas, moda y consumo de la violencia (Debate/Penguin Random House Grupo Editorial, 2025).
El tema debería ser un escándalo, pero se ha normalizado tanto como los feminicidios impunes: además del crimen y de la revictimización a través de la prensa amarillista, el mundo de la moda también se aprovecha de los feminicidios, anunciando ropa y accesorios con escenas que recuerdan los asesinatos seriales de mujeres en Ciudad Juárez, México.
Es el ensayo de Lydiette Carrión un acucioso análisis de cómo se incorpora el tema del feminicidio en la publicidad como parte del imaginario colectivo en nuestros días, tal como lo ha sido a lo largo de la historia a través de los mitos. En el primer capítulo, la también autora de La fosa de agua (Debate, 2018; Debolsillo, 2024), describe el feminicidio en la prensa (desde Goyo Cárdenas hasta CrimeCon y el interés «femenino» por los crímenes sexuales). El segundo capítulo hace un recorrido por los mitos clásicos en torno a feminicidios, tales como el de la hija de Jefté, Ifigenia, la vagina dentada y Sherezade, por ejemplo, pasando por el mito de Coyolxauhqui en México. Finalmente, la ganadora del Premio Género y Justicia (2012) que le otorgó la Suprema Corte de Justicia de la Nación, quien ha documentado durante seis años historias de violencia de género para El Universal Gráfico, y que ha sido maestra de periodismo narrativo en la Sogem durante cinco años, nos introduce en el mundo que hace lucrativo el feminicidio.
Con motivo de esta publicación es esta charla en la que se abordan temas tan dolorosos y polémicos como los archivos de Epstein, la narcocultura o los narcocorridos.

—Lydiette Carrión, escribiste un libro de investigación periodística sobre un tema directamente relacionado con la violencia de género, que es la publicidad basada en feminicidios y necrofilia. ¿Qué significa para ti publicar este trabajo en un momento en que los archivos de Epstein están revelando hechos incontestables de violencia de género de la clase política, no sólo en Estados Unidos sino en México y en muchos otros países?
—Es circunstancial. El caso de Epstein lleva muchas décadas. En este momento está presente porque se están divulgando los archivos que han horrorizado a la población. Cabe señalar que también hay mucha confusión, pero también veo en esto cómo se puede aplicar esta categoría que hago en el libro de los victimarios: El Monstruo, El Hombre Caído en Desgracia y El Cazador de Monstruos, y Epstein cae en la categoría de Monstruo. La gente y los medios ya querían como resolver todos los crímenes sin resolver que hay en el mundo a través del caso Epstein, cuando, pues no: no funciona así. Yo, casos como los de Epstein, con las atrocidades que hasta ahora se saben, los he visto en México, ¿no? Sólo que no son tan publicitados. Esto porque, por un lado, los victimarios de México a los que cubrí no pertenecen a la clase gobernante más poderosa no sólo de Estados Unidos, sino del mundo. Estamos hablando de la gente que gobierna el mundo. Y las víctimas de alguna manera no tienen una racialización, no pertenecen a determinados grupos raciales como los de las que se ve en México y en otros lugares, que en general son la inmensa mayoría de estas víctimas.
»Ahí hay algunos problemas en cuanto a la cobertura, me parece. No he visto por ejemplo tanta revictimización de la prensa contra las mujeres, pero sí por parte del Gobierno de Estados Unidos, que sacó sus nombres y apellidos completos. La revictimización ha sido tan grave que una de ellas, una de las que fue más importantes, la joven Virginia Giuffre que denunció al príncipe Andrew, se quitó la vida.»
—Lydiette, los archivos de este depredador sexual fueron divulgados gracias al valor y a la presión constante que ejercieron las víctimas de Epstein. En tu libro mencionas varias categorías de víctimas de la violencia de género, también convertidas en estereotipos vendibles y hablas de la categoría de «la víctima que sobrevive». ¿Cómo se inscriben en estas categorías las víctimas de Epstein que pasaron de «la buena víctima» a «la víctima que sobrevive», o qué peligros hay de que se inscriban en tales categorías? ¿O hay una diferencia? Y, si la hay, ¿cuál sería?
—Esta pregunta sobre las víctimas de Epstein me parece muy interesante. No lo había pensado. Me parece que hay una, por ejemplo, en el caso de las niñas más jóvenes es una buena víctima inocente. No pasa nada. El mal a las víctimas pues ha sido por ejemplo todo lo que le hicieron a Virginia Giuffre, ¿no? La acusaron de todo. Tanto, que se quitó la vida. Y el de la víctima que sobrevive, pues es el riesgo de decir, justo: «Gracias a estas mujeres valientes» se logró todo esto. Sí. Está bien. Damos gracias a estas mujeres valientes. Pero se quita entonces el dedo del renglón de las fallas en el sistema judicial; en el sistema de procuración de justicia e investigación, que permitieron que, durante 40 años… No sólo fallas, porque por supuesto además hubo mucha corrupción. Se quita el dedo del renglón de que no hicieron su trabajo. No tendría por qué pasar esto. ¿Por qué tendría que estar una víctima durante treinta años exigiendo justicia? Muchas de ellas perdieron la vida. Fueron asesinadas durante estos procesos de denuncia. Y eso también está siendo invisibilizado por esta especie de reificación.

—También este libro tuyo se publica en un momento en el que está candente el debate sobre la narcocultura y, específicamente, los narcocorridos. Hay quienes dicen que la narcocultura de la que hablas es una expresión de la realidad mexicana que no se puede ni se debe ocultar. ¿Crees que el consumo de la moda de la violencia y los feminicidios puede generar más violencia? ¿Por qué sí o por qué no?
—Yo creo que el tema está mal enfocado en cuanto a los corridos y los narcocorridos. Este tema no es nuevo, o sea: se ha discutido desde hace bastante. Yo creo que el tema es la instrumentalización. Es que no es tanto que se hable o no del narco, sino cómo se habla. Qué dicen los corridos. Claro que hay corridos que ensalzan al narco, pero el tema es ahí justo cuál es la narrativa que prevalece. Y creo aquí que, en el caso específico del crimen organizado en México, las narrativas suelen ser impuestas desde el Norte Global, por usar una palabra que está como muy de moda ahorita, y no muestran cuál es la realidad, pero de alguna forma transforman la percepción que de la realidad hay, inclusive en los territorios mexicanos. Y creo que ésta es la parte como más fuerte, o sea, hay una reificación, una naturalización de relaciones de opresión, validadas a partir de las narrativas. No es que se hable o no se hable, sino la forma como se habla. Las narrativas que imperan.
—Lydiette, pero los narcos son empresarios, y hay capos en México que se mandan a hacer sus propios narcocorridos para defender su marca…
—He estado pensando en la violencia que vemos con Epstein, que me ha recordado estas violencias de cacicazgos que se ven totalmente descoyuntadas, grotescas, como la que hubo con el Zar de la Basura en los años 80: el papá de Gutiérrez de la Torre. Él tiene un territorio en donde él es dueño y señor de las cosas y de las personas, ¿no? Lo mismo ocurre un poco con Trump. Entonces me da la impresión de que estos corridos que son encargados, que son mandados a hacer, forman parte de este mismo fenómeno. Una reproducción como muy holográfica de estas formas de poder en donde un hombre… porque, normalmente, es un hombre; hay algunos casos de mujeres, pero son muy raros... Un hombre tiene esta estructura, encabeza estas estructuras que arrasan con todo. Entonces claro que está el corrido, pero más que nada es la estructura que lo genera.
—Un argumento a favor del auge de la narcocultura es que los videojuegos violentos consumidos en cantidades industriales no producen asesinos ni terroristas en cantidades industriales. Tú, en cambio, en tu libro hablas de una «guerra de baja intensidad contra las mujeres». A partir de lo que tú investigaste en tu libro, ¿qué les responderías?
—En el tema de los videojuegos, se ha dicho que no producen grandes cantidades de asesinos. Veamos: aquí creo que hay algo. Cada vez que hay un tiroteo escolar, que es hecho por menores de edad, se habla justo el tema de la cultura de los videojuegos y toda esta cuestión, entonces salen expertos y dicen que no, porque en los videojuegos participan muchas personas y no todas son violentas. Entonces hay discursos aquí que se contraponen y donde buscamos una respuesta única a fenómenos complejos y multifactoriales. Efectivamente, los videojuegos violentos pueden inspirar a un joven que ha tenido un problema de salud mental previo, ¿no? Pero no se puede negar esta condición psiquiátrica previa. Sin embargo, sí es un hecho que el videojuego de alguna manera orienta ciertos aspectos y normaliza, digamos, ciertas cosas.
»Ahora, en términos masivos, lo que sí es verdad es que esos videojuegos dan una idea equivocada de lo que es matar, ¿no? Y creo que ése es su principal problema, pues. El origen de un tiroteo escolar no es necesariamente un videojuego, sino un padecimiento de salud mental previo, pero sí esos videojuegos dan forma a toda una cultura. A toda una sociedad. Se naturalizan, se reifican condiciones de opresión, y se reifica también cómo se debe comportar un hombre, según esto. Ésa es mi percepción.»
—Lydiette, además de los defensores de las expresiones musicales de la narcocultura como parte de una «música y cultura popular» que no se debe reprimir, están por el otro lado los defensores de la «libertad artística» como expresión de la necrofilia inherente a la naturaleza humana o la lucha eros-tanatos: los que, tal vez citando a Georges Bataille explorando la transgresión de todas las convenciones sociales, o a Artaud, con su Teatro de la Crueldad te dirían, aunque de manera más elegante, que no puedes censurar ni criticar con un libro como el tuyo. ¿Qué les responderías?
—Es que, más que pensarlo en términos de censura o no censura, se trata de explicar y de evidenciar los mecanismos que hacen que se haya vuelto tan atractivo y tan vendible. Eso me parece que es importante. Y en general yo sí me tomo en serio no caer en censura, porque ¿qué vas a hacer? ¿Vas a censurar Las mil y una noches? ¿O vas a censurar el cuento de Caperucita Roja? No va por ahí. Porque, además, tampoco el problema es hablar o discutir la violencia, sino la forma en que se hace, ¿no? Entonces, no tengo una respuesta clara, pero creo que más por un tema de acusar de que tal obra no debería estar, iría más por una cuestión de proveer de más herramientas críticas y de ir derrumbando relaciones estructurales. Creo que es lo que puede funcionar mejor. Pero no es un tema que he estudiado, sobre qué hacer. Yo sólo me quedé en estas narrativas que veo recurrentes, y cómo van jaqueando tanto el reporte de hechos específicos que ocurren en el mundo y que después son pasados al periodismo y luego a la ficción.
—¿Por qué decidiste que este tema era lo suficientemente importante como para dedicarle un libro, y cómo te protegiste psicológicamente para hacerlo?
—El libro empezó porque yo hace ya muchos años, en el 2012, me gané un premio sobre cobertura de feminicidio. Entonces me invitaban a dar talleres sobre cobertura de feminicidio. Desde entonces ya fui con mi primer libro, La fosa de agua, que habla de forma también muy gráfica sobre casos muy concretos en el estado de México. Me invitaban a dar talleres y lo que veía es que ocurría un feminicidio de los que se puede llamar mediático y había ya como un guion. Algo que manejaban inclusive colegas que en general tienen buena intención… Se dice que no es buena intención lo que tienen, pero yo conozco a los reporteros de a pie, a las reporteras, y en general es un trabajo muy mal pagado, para el cual muchas veces no estamos capacitados. Puedo decir que, generalmente, la gente que está ahí sí tiene una vocación. Lo que no hay es preparación y, también, insisto, yo lo que veía eran guiones ya escritos de llamémosles mitológicos, en ese sentido, de qué es lo que ocurre cuando un hombre mata a una mujer en determinadas circunstancias, que es un poco lo que trato ahí de narrar, lo cual viene desde antes, ¿no? Tiene una historia. Y que, también, obviamente aglutina relaciones de opresión y de explotación. Entonces, yo lo pensé primero, a mí me generaba mucha curiosidad cuando vi motivos de feminicidio en la publicidad. Una colega me hizo ver eso una vez en uno de estos talleres, que además estaban dirigidos a mujeres. Entonces mi pregunta es: ¿por qué los compramos? Porque sí hay unos que son muy violentos. Entonces, a partir de ahí, mi motivación era más bien como dejar un análisis más profundo para mis colegas. Es extraño que ahora ha tenido tanto impacto entre periodistas, sino más en criminología… Pero bueno.
»Este libro para mí no fue un tema tan grave. El primero sí me dejó muy mal. Es que al contrario: fue un lugar donde pude descansar de la cobertura directa de feminicidios y reflexionar desde otro lugar. Entonces fue un espacio en el que pude, si bien no diría que ‘sanar’, sí acomodar algunas impresiones.»
—Lydiette, hay algunos tropiezos con el título de tu libro: en algunos lugares lo escriben como «femicidio», por la traducción en inglés, femicide, y en otros como «feminicidio». Hay también confusión respecto al nombre «mítico». ¿Por qué «mítico»? ¿Por qué no simplemente «el feminicidio en la publicidad»? ¿Nadie te lo planteó? ¿Te obligaron en la editorial a escribir algo de cierta manera?
—El libro se llama originalmente Feminicidio mítico. Cómo lo traduzcan al inglés, pues no, no tengo idea, porque entiendo que ya en inglés, por lo menos en Texas, estoy viendo que ya se utiliza el término feminicide. Ahí sí no puedo hacer más. Se llama Feminicidio mítico porque no podía usar mi título original, que es ¿Por qué compramos zapatillas que nos venden con publicidad de feminicidios? Entonces había pensado en el segundo capítulo, que originalmente se llama Feminicidio mítico, donde hago un recorrido sobre cómo se van construyendo estas tres categorías de víctimas. Obviamente, hablo de los mitos, etcétera. Y yo después quería ponerle Feminicidio místico, utilizando un término marxista de mistificación, donde se cambia una cosa por otra. Porque mi conclusión es que, en el feminicidio, hay cosas cambiadas, unas por otras, en su representación.
»Pero mi editor —y creo que tenía razón— consideró que eso de ‘feminicidio místico’ nadie lo iba a entender. Entonces, dijo: ‘A mí me gusta místico y creo que al final de las cuentas resume’ el sentido del libro.»
—¿Los feminicidios serían motivos «vendibles» en la mercadotecnia si no existieran en la realidad con tanta frecuencia?
—Creo que los feminicidios como ocurren en la realidad no tienen nada que ver con lo que se dice que ocurre en la publicidad. O sea, en la publicidad te cuentan una historia que no es. No hay nada bello, no hay nada romántico. Nadie mata a una mujer porque la quería mucho. O sea: eso es una mentira. Es una mentira, pero se repite mucho, ¿sabes? Los ciclos de violencia, en todos los sentidos. Tanto de feminicidas múltiples, por ejemplo, que sí existen, ¿no? Se les llama asesino serial. Como el feminicidio sistémico que ocurre, por ejemplo, en Ciudad Juárez. Todo eso no tiene nada de bonito. No tiene nada que ver con lo que se ve en la televisión.
—En una de tus presentaciones hiciste un reconocimiento muy conmovedor a los beneficios de la educación superior gratuita defendida por los estudiantes que declararon y resistieron la larga huelga de la UNAM 1999-2000, tan vituperada en aquel entonces. ¿Puedes explicar qué importancia o influencia tuvo esto en tu trabajo?
—Bueno, hice un reconocimiento a la huelga de la Universidad Nacional Autónoma de México de 1999-2000 porque yo estuve en la huelga de la UNAM. Cursaba el último año de universidad y estuve ahí los nueve meses de la huelga. Y yo me formé ahí. O sea, mi trabajo parte de ese aprendizaje. Obviamente yo ya tenía ideas de izquierda. Vengo de una familia de izquierda. Participé mucho políticamente en el CCH. Pero después, cuando entré a la universidad, me desencanté. Y como que tuve muchos problemas personales. Ya no le hacía tanto caso a eso. Estuve muy ocupada tratando de terminar la universidad.
»Cuando ocurre la huelga, para mí fue como una escuela de vida. Entonces, incluso sobre eso escribí un prólogo para un libro. Y después de la huelga del CGH, cuando empecé a trabajar ya como periodista y a lo largo de este trabajo, me ha tocado cubrir muchas cosas, obviamente de movimientos sociales, y literal, no ha habido un movimiento social, en los últimos años, hasta quince años después de la huelga, no he cubierto ningún movimiento en el que no me haya encontrado a un excompañero de la huelga del 99. Entonces, te puedes dar cuenta de que fue un semillero que ha causado algo que parece una tontería, un poca cosa, pero no lo es: son esos veintiséis años en los que la universidad, cierto, no es gratis la universidad, en eso falló, pero es casi gratis. Eso hace una diferencia enorme, y sigue siendo una de las mejores universidades del mundo, ¿eh?
»Yo sobre la huelga 1999-2000 de la UNAM me puedo extender doscientos millones de años, porque a mí emocionalmente me dio todo. La huelga a mí me parió por segunda vez.»
—¿Crees que habrías podido dedicarte a otra cosa si tú no fueras periodista de investigación? ¿Qué otra cosa y por qué?
—Ahorita estoy estudiando un doctorado* y para mí es como haber dejado de ser periodista. De hecho, he dejado de ser periodista. Los últimos años, a partir de la escritura de La fosa de agua, yo acabé muy destruida. Esto es, me diagnosticaron síndrome de estrés postraumático, que es muy real, o sea, no me lo invento. Y he encontrado que el hecho de estudiar un posgrado y estar en la academia que es como a lo que me puedo dedicar que no sea periodismo de investigación. Pero, digamos, si el problema no fuera el dinero… porque yo no soy una persona que tenga resuelta la parte económica… nunca la he tenido resuelta… pues me gustaría descansar. Tener una casa, un montón de gatos y un jardín.
—¿Crees que en México se puede acabar con la cultura feminicida, además de acabar con los feminicidios? ¿Por qué sí o por qué no?
—Yo siempre creo que las cosas se pueden cambiar, pero eso no necesariamente quiere decir que nos toque verlo. Yo creo que se puede acabar. Claro que sí. Lo que más me interesa es acabar con los feminicidios, y eso tiene que ver con la desarticulación de las violencias. No he encontrado yo al menos una forma, una fórmula para desarticular la violencia. Lo primero que se me ocurrió fue hacer este libro, y bueno, pues viene una investigación de cómo ir desarticulándolo de manera efectiva. Claro que pasa por la transformación de las estructuras, la toma de conciencia, la organización.
—Por último, la pregunta de rigor, infaltable en el mes de marzo: ¿qué les dices a los muchos varones que reclaman que se aborde el tema del feminicidio y se tipifique legalmente, siendo que «a los hombres también los matan»?
—Pues es que el feminicidio forma parte también de un entramado en el que a ellos se les convence de que tienen que ir a matar y a morir en guerras. Entonces tendrían que poner atención a esas cosas porque se les ha convencido de dejar su vida, su felicidad, su salud mental para que un grupo muy disminuido de hombres y de familias también cada vez tengan más dinero. ♦
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Debate/Penguin Random House Grupo Editorial (2025)
Número de páginas: 256
ISBN: 978-607-386-353-7
Autora: Lydiette Carrión
Idioma original: Castellano
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Esto fue una entrevista con Lydiette Carrión realizada por Malú Huacuja del Toro en la ciudad de Nueva York, marzo de 2026. Se permite su reproducción gratuita, en su totalidad o en parte, en cualquier medio, dando los créditos correspondientes.
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*Estudia actualmente en la Universidad de Houston el doctorado en Creative Writing o Escritura Creativa (doctorado en Literatura, como decíamos en tiempos del indispensable Huberto Bátis, aunque el término para los norteamericanos requiere precisiones, ya que la palabra literature significa «materiales escritos» y se refiere a cualquier texto en papel).
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